Thursday, April 10, 2014

“Yo odio a mi hija”: 15 ideas para superarlo


Yo odio a mi hija autista”. Con esa lapidaria frase que a cualquier persona dejaría muda comenzó a desahogarse la madre de una adolescente autista de 14 años en uno de sus programas tipo talk show del psicólogo amigo de Oprah, el Dr. Phil.

No la soporto. Ha habido momentos en los que sólo quiero abofetearle la cara. Le doy en los brazos, por la espalda… Siento coraje, resentimiento, frustración. La situación está fuera de control. Ella me empuja y yo la empujo contra la puerta. Ella me grita y la gente nos mira y eso me avergüenza. Le pregunto a Dios ¿por qué me castigas con una hija así? La odio porque no lo merezco”, declara la mujer.

Poco después en el programa que Dr. Phil tituló “Madres que odian a sus hijos”, se descubre que esa mujer fue maltratada y abandonada cuando era una niñita por su madre, y que ahora repetía el círculo del abuso con su hija que según ella misma dijo “no es normal”.

Aunque en su niñez sufrió, eso no es excusa para perpetuar el maltrato. Sin embargo, sus sentimientos no son raros en el mundo de las madres y padres de niños con impedimentos. Por el contrario, son bastante comunes, sólo que se disfrazan de abandono o negación.

Lo que es peor, ese resentimiento y odio al tener hijos que no son “normales” es uno de los tabúes más fuertes. De eso nadie habla.


En mi experiencia como madre que paso tantas horas del día y de la semana junto a decenas de otras madres y padres de nenes con algún impedimento, lo veo a menudo. Veo a padres que nunca están. En un 99% de los casos en citas médicas, centros de terapias o en programas para nenes especiales la mayoría son mujeres. Los hombres cogen miedo y se van. Los pocos que se quedan y dan apoyo son minorías porque también son casos de padres y compañeros excepcionales.

Veo también madres con coraje constante. Casi nunca se ríen. O siempre están calladas. Algunas van con pañitos limpiando babas o mocos, pero en sus miradas se refleja el hastío y el asco. Les enferma tener que hacerlo en público y que otros las vean. Es como si sintieran vergüenza de estar al lado de sus hijos.

Otras empujan las sillas de ruedas de los nenes con repugnancia o los halan de las manos si caminan lento. Muchas van mal vestidas y mal peinadas. Con estrés y sobrepeso. Ouch, ¿me estaré mirando en un espejo yo con esto último?, quizás. Pero yo no maltrato a mi hija. La amo con todo mi ser y vivo por y para ella. Sin embargo, no hay un día que pase que no me tope con alguna madre – padre, o abuelos – que sencillamente no aceptan tener un hijo con impedimento.

Cuando el muchachito empieza a gritar como un loco y la gente empieza a mirarlo, y miran a la madre con puñales en sus miradas como diciendo “controla a ese animal”, veo a las mamás en desespero total. Es un agite para tratar que se calmen. Muchas veces me pasó cuando mi a mi nena le daban los tantrums porque ella no podía hablar.

Una vez un famoso fotoperiodista que fue mi compañero de labores me dijo “tu nena es una salvaje, hazle un exorcismo”. Y yo, no pude decir nada del dolor, coraje por la falta de solidaridad y la sorpresa porque no me lo esperaba. Dos lágrimas me brotaron porque de verdad que en ese momento ella gritaba y daba patadas como loquita. Se quedó con el lugar. Años más tarde él la vio grande y calmada, y me dijo “tu nena ha crecido, ya no está salvaje”. Después de decirle lo que me reservé antes, pensé que todavía hoy de vez en cuando le siguen dando esos corajes de frustración y se desquita conmigo. Las pocas veces que lo hace ahora, yo rápido me bajo del carro o salgo a la calle frente a casa para que los vecinos se den cuenta que no la maltrato, sino que es parte de su condición. Esas son las cosas que muchas personas no saben porque no lo viven. No lo entienden.

Una como madre tiene que llevarlos a psicólogos, a médicos y a terapistas, comenzar planes de modificación de conducta. A eso le sumas las medicinas, las terapias, las clases y lo extracurricular. Cualquier niño se cansa. Una tiene que entender que estos niños luchan el doble. Se cansan como cualquier persona pero no tienen las destrezas ni los mecanismos para expresarlo.

Cuando una madre o un padre están a punto de perder la paciencia a veces hasta se reniega. Se tienen dudas y se pierde la fe. “¿Por qué a mí?” “¿Qué hice yo para merecer un hijo anormal?” “¿Si he sido buena/exitosa/profesional por qué este fracaso?”, son algunas de las preguntas que una se hace.

Sentir frustración es algo normal en este tipo de situación. Hay un estudio que compara el estrés de madres y cuidadoras de niños con impedimentos severos con el que sufren soldados al llegar de alguna guerra. Es normal la frustración, pero de ahí al odio hay un gran trecho.


El otro día estaba junto a otras cinco madres en la sala de espera del centro de terapias donde va mi hija. Una de las mamás que está empezando en esto porque su nene es pequeño lloraba desconsoladamente porque sentía que a veces detesta a su hijo. Rápidamente las otras mamás hicimos una especie de sesión de terapia de grupo y empezamos a darle consejos. Por todo lo que dijimos allí me surgieron estas 15 ideas que comparto a continuación:

1.  Es normal sentir coraje. Puedes sentir que estás de duelo porque murieron tus esperanzas de ser “como las demás mamás” y eso te dé coraje. Eso es normal porque se necesita tiempo para entender y procesar el hecho de que no eres igual a los demás padres. El coraje es un sentimiento humano. Lo importante es no quedarse ahí.

2.  Respira. Si el muchacho grita, vomita o se hace caca encima, llora, tú tomas aire. Respira. No puedes desquitarte con tu hijo tus frustraciones. Él no tiene culpa ni pidió nacer. Te llegó por alguna razón que con el tiempo, vas a descubrir.

3.    Los padres nos callamos el dolor. ¿Se supone que por tener un hijo especial a una le resbale todo? ¿Acaso somos magos? ¿Se supone que por ser madres o padres de un niño especial eso nos convierta en expertos y debemos saber manejar mordiscos, bofetones, arrebatos, situaciones embarazosas, las miradas y el rechazo, todo eso con una sonrisa fácil y con gracia? No. Nos cansamos. Pero cuando estamos cansados ​​y agotados, tenemos que ser capaces de despojarnos en alguna parte que no sea con nuestro hijo.

4.    Muchos se deprimen. Muchos padres sufren en algún momento de depresión porque no entienden cómo lidiar con un hijo especial. Si ves que no te levantas de la cama o estás todo el día en pijamas, reconoce que necesitas ayuda y búscala.

5.  NO es el fin del mundo. Tener un niño especial te abre los ojos a descubrir nuevas maravillas. Aprendes a ver la vida de otra forma. Aprendes que lo bello está en lo simple y que la belleza es diferente a lo que la mayoría quiere imponer. Aprendes también a que tienes más fuerzas de lo que imaginaste antes.

6.  Es tu hijo, no un diagnóstico. Recuerda que tu hijo es mucho más que su diagnóstico. Es una persona. Cada persona trata a sus hijos de diferentes maneras, no hay una sola que sea la correcta o la incorrecta porque lo que funciona para mí, quizás a ti no te funcione. Sólo tienes que descubrirlo.

7.   No te vuelvas loco en Internet. No estés horas y horas en Internet investigando todas las posibles complicaciones de la condición de tu hijo. Sí investiga, pero no te obsesiones. Es mejor hablar con padres o maestros que te recomienden los mejores especialistas locales. En vez de estar en Internet, conoce mejor cómo tu hijo se comunica y así sabrás cómo ayudarlo mejor.

8.   Deja de llorar y conviértete en abogado. La única forma de defender los derechos de tu hijo es aprendiendo. Lee. Conoce las leyes federales y locales. Aprende el reglamento de Educación Especial del Departamento de Educación para que no te cojan de boba. No vas a resolver nada llorando en una esquina mientras tu hijo no recibe los tratamientos a los que tiene derecho por ley.

9.  No tengas miedo. No eres ni el primero ni serás el último en pasar por esto. Conocerás muchos otros padres que te darán apoyo, pero reconoce que el miedo inmoviliza, y no puedes quedarte quieto. Tienes que moverte, buscar los mejores médicos y terapistas, y las ayudas del gobierno a las que tienes derecho.

10.  Organízate. Si tienes todos los documentos como evaluaciones y otros papeles bajo control, eso reduce el estrés de todos, no te molestas al momento de necesitar alguno, y te ayuda a enfocarte en lo que necesitas.

11.  Cógete un break. Tome tiempo para ti fuera de tu casa y tu hijo. Ve al beauty, al cine o sal con alguna amiga. Necesitas recargar baterías de vez en cuando. No puedes manejarlo todo tú solo.

12.  Crea tu grupo de ayuda.  Olvídate del orgullo. Pide y acepta ayuda de otros que te puedan cuidar al nene por algún rato o cuando estás enferma. No temas si tienes que pedir ayuda a tus parientes, incluso si es ayuda financiera. De lo contrario, estarás totalmente drenado y no podrás   ayudar a tu hijo.

13.  Sé flexible y realista. No aceptes proyectos o cosas para tu hijo que te drenen la energía. Si llevarlo a terapia, a baile, a música y a Taekwondo te vuelve loca, reconoce sus limitaciones no sólo físicas sino de tiempo. Acepta que es demasiado para él y para ti, y mejor dedica tiempo a descansar o a jugar con él.

14.  Proponte metas realistas. Ve poco a poco hasta conseguirlas. No esperes lograrlo todo de la noche a la mañana. Yo me desesperaba porque mi hija no habló oraciones completas hasta los siete años. Hoy la tengo que mandar a callar. Estos niños se desarrollan a su ritmo, no al que uno quiere.

15.  ¡No calles si te ofenden! Esto me lo tengo que aplicar yo todo el tiempo, porque siempre me muerdo la lengua cuando alguien hace un comentario grosero o despectivo. No permitas que te lastimen ni a ti y mucho menos a tu hijo. Ya uno tiene que pasar demasiadas cosas para permitir idiotas molestándote.

A los padres y madres: no has estado en los zapatos de los que llevan esta lucha, no juzgues. Ayuda. Anima. Ora. Yo he luchado y continuaré haciéndolo para lograr tener paciencia al cuidar a mi hija. Si estás pasando por una situación así, que este escrito sea un abrazo cibernético de mi parte. Pero más que nada, te pido que busques ayuda. Una nunca está sola.





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