Querida hija:
Hola Mariela. Cuando leas esto, tú como tantos miles
de niños, adolescentes y jóvenes en Puerto Rico, estarás a punto de graduarte.
Tú de tu sexto grado, y otros de octavo, de escuela superior o de universidad
como tantos que se gradúan esta semana o lo hicieron la semana pasada. Imagino
que al igual que yo, sus madres, sienten igual orgullo. Esa sensación indescriptible
de saber que todo el esfuerzo, que todos los sacrificios, que toda la lucha,
tiene un resultado. Todo valió la pena.
En realidad la graduación es un concepto, una idea,
porque todos los días te gradúas en el eterno proyecto que son los retos de la
vida diaria. La graduación es precisamente este proceso que continúa hasta el
último día de la vida de una. No es el final de algo, sino el principio.
Graduación es sinónimo de perseverar, de luchar y de no dejarte caer porque te
levantas con tesón cada vez que algo sucede, y te superas. Eso, en esencia,
hija mía, es el éxito en la vida.
Pero ¡qué difícil es hablar de tesón y de éxito
en este país a nuestros hijos! En Puerto Rico, donde llevamos casi una década
de escepticismo y falta de fe, es difícil hablar del futuro. Se nos dificulta
hacerles entender que nuestro país vale, que hay que luchar por él y no
rendirse. Sin embargo, la crisis social, económica y moral que habita en este
archipiélago nos estruja en la cara que aquí no hay futuro, que nuestra
alternativa es hacer como los 75,000 puertorriqueños que todos los años recogen
sus bártulos y se van a otros sitios en busca de cosas tan simples como trabajo
y calidad de vida.