Perfectamente imperfecta. Soy
una madre perfectamente imperfecta, como decidió alguien desconocido en El Nuevo Día.
Alguien que después pidió excusas, pero como pensé, rectificar no es reparar.
Eso es más cuesta arriba, cuando el daño se sintió tan fuerte. Perpetuar los
prejuicios mantiene la perfecta imperfección de que sólo algunas pueden ser
madres perfectas. Ese derecho no les cobija a todas.
“Yo soy imperfecta porque parí un hijo que termina
dos doctorados, otro que es un banquero internacional y otra que es periodista
que busca hasta debajo de las piedras para conseguir la información. Imperfecta
porque mis tres hijos son negros. Imperfecta porque no parí asesinos, ni
corruptos, ni gente que roba o que se burla de los muertos de María como los del
gobierno. Ni traje al mundo a los que falsifican para robarse el dinero del
desempleo. Esos sí son perfectos porque aquí el sistema los protege”. Eso me
dijo mi madre, y yo, soy la heredera de su perfecta imperfección.
